Escrita desde el corazón, con un dominio de la escritura y con un arte para hacer bello un relato crudo, que da voz a personas que nacen en un cuerpo que no se corresponden con lo que son, en el que se hace una crítica a la España franquista y postfranquista, a la miseria de los barrios obreros con escasas infraestructuras y viviendas deficientes ("nuestro barrio, con nombre de santo, pero dejado de la mano de Dios"), a la miseria y la droga que se extendieron por ellos y que tantos muertos dejaron por el camino ("la droga fue la última forma de ejecución sumarísima de disidentes de un régimen que había encontrado la forma de perpetuarse"), al paro y a la explotación laboral, a la violencia familiar y a la prostitución, a la marginación y a la falta de derechos y leyes que garanticen la protección de cualquier persona que se sale de lo normativo y, sobre todo, una crítica a los que no permiten que nadie piense ni sienta diferente, a la necesidad de una educación inclusiva, abierta y con valores. Es también un homenaje a esa generación de mayores que se dejaron la piel trabajando y que protegieron a su prole como fieras.Me ha dolido la lectura de esta novela y, si algo me ha quedado del libro, es la necesidad de seguir avanzando para garantizar a cualquier persona el derecho a sentirse como desee y en la necesidad de educar, educar y educar para que como sociedad seamos mejores, más inclusivos y más justos.
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